En La Combi Rosa entendemos el cuidado como algo que se cultiva en el tiempo. No solo se trata de alimentar cuerpos, sino de sostener memorias, oficios y vínculos que hacen posible una cultura alimentaria viva. La intergeneracionalidad —el diálogo entre quienes aprendieron antes y quienes siguen aprendiendo hoy— es una de las formas más profundas de ese cuidado. Eso fue lo que concluimos tras tomar el curso de Pan Muriel y Bola Dulce en La Panadería del Río, en el barrio de Santa Tere, en Guadalajara, Jalisco. Oficios que se transmiten, saberes que siguen respirando Las panaderías tradicionales de Jalisco han sido, históricamente, espacios de encuentro cotidiano: lugares donde el pan acompaña la vida diaria y donde el conocimiento no se escribe, se observa, se repite y se hereda. En un contexto donde muchos de estos oficios han desaparecido o se han industrializado, los talleres y cursos impartidos por panaderías familiares se vuelven actos de resistencia cultural. Aprender panadería en este entorno no es solo adquirir una técnica, es entrar en contacto con una cadena de saberes que ha pasado de generación en generación, adaptándose sin perder su esencia. Es ahí donde la intergeneracionalidad deja de ser un concepto abstracto y se vuelve experiencia concreta. Diego Saldaña del Río: aprender desde la experiencia viva Diego Saldaña del Río -Diego del Río, como se presenta él mismo- fue nuestro guía en este hermoso taller, que pasó de ser un curso más en nuestro camino para convertirse en una una lección de humildad que nos sacó más de una lagrimita.  Diego nació entre costales de harina y hornos encendidos, porque la panadería no solo es su trabajo: es parte de su historia familiar. “Este es mi legado”, dice con una sincera sonrisa, con orgullo y esperanza. No le pesan los múltiples turnos, ni el liderar un equipo que produce alrededor de 5 mil piezas de pan cada día.  Desde muy pequeño estuvo presente en el obrador. A los cinco años hizo su primer pan, subido sobre cajas para alcanzar la mesa. A los trece ya dominaba el amasado con la soltura de quien ha crecido viendo y haciendo. Esa relación temprana con el oficio marcó una forma de aprender basada en la práctica constante, la observación y el respeto por los tiempos del pan. “Me permito equivocarme porque se que en cada error hay una lección. Por eso, cada día doy 1% extra que, con disciplina, se convierte en excelencia”, señala Diego. “Eso mismo es lo que comparto con mis alumnos: constancia, pasión y la seguridad de que todos podemos mejorar paso a paso”, agrega. Diego es también boxeador, y esa doble identidad atraviesa su manera de enseñar: disciplina, constancia y atención absoluta al proceso. “Eit, aguas con dejar gránulos de azúcar sin disolver, sientan, usen sus manos, es clave para lograr el sabor que estamos buscando”, señaló en la primera parte de la receta, antes del amasado.  En su taller no hay máquinas, la única herramienta “moderna” fueron las pequeñas básculas digitales con las que pesamos cada ingrediente.  Diego enseña con humor, con mano firme, pero sobre todo con un amor al arte que hace que valores aún más todo el conocimiento que comparte con gusto y de manera generosa. Trabajar todo con las manos es algo que ya no se ve mucho. Y para quienes ya han probado las mieles de la tecnología culinaria, es una experiencia que o te centra, o te tumba. “Nada, de rendirse, vuélvelo a intentar”, le dijo a Eva, una y otra vez, sacándola de su zona de confort al bolear la masa y al cortar los Murieles. En los cursos de Panadería del Río no solo se explican recetas (las de verdad, las que han pasado a través de los años de generación en generación); sino más bien se comparte una forma de habitar el oficio con el cuerpo entero. Entre broma y broma se nota que lo que si le pesa, es el no sucumbir ante los dulces aromas del pan recién salido del horno, porque está cuidando su peso para subirse al ring. Intergeneracionalidad como forma de cuidado Desde la mirada de La Combi Rosa, cuidar los saberes ancestrales significa crear condiciones para que sigan circulando. La intergeneracionalidad permite que el conocimiento no se congele ni se pierda, sino que se adapte sin romperse. Cuando un panadero comparte su oficio con nuevas generaciones, no solo transmite técnica: transmite valores, ritmo, atención y sentido. En estos intercambios se cuida la identidad alimentaria, se fortalece la comunidad y se sostiene una relación más consciente con lo que comemos. La intergeneracionalidad es fundamental para la protección de los saberes porque transforma a las personas mayores en recursos pedagógicos vivos y a los jóvenes en guardianes activos del legado cultural, asegurando que la sabiduría fluya y se adapte a través del tiempo. Hacer pan, hacer futuro Tomar el curso de pan Muriel y Bola Dulce en La Panadería del Río fue, para nosotras, una confirmación: los saberes no se preservan repitiéndolos de memoria, sino practicándolos con respeto y curiosidad. Con Diego no solo aprendimos a hacer pan. Aprendimos a escuchar al oficio. A entender el tiempo como ingrediente. A reconocer que cada receta es también una historia compartida y una herencia intangible y muy valiosa. Aprendimos también lo que sucede cuando se le abre un espacio de aprendizaje y trabajo a las infancias, con respeto amor y disciplina; lo que pasa cuando se valora el aporte de las juventudes a la preservación de tradiciones que fortalecen nuestra identidad, cultura y sistema alimentario.  Entendimos que cuando el conocimiento pasa de mano en mano, el cuidado se vuelve colectivo. En La Combi Rosa nos quedó más que claro que la cultura alimentaria vive mientras se amasa. ¿Cuál es la relación de la intergeneracionalidad en la protección de los saberes? La intergeneracionalidad en la protección de saberes es el intercambio activo y bidireccional de conocimientos, experiencias y prácticas entre distintas generaciones (jóvenes, adultos, mayores) para preservar la